El impacto en pérdidas humanas de la guerra fue
considerable. Se estima que las víctimas de la contienda superaron el medio
millón de personas, incluyendo los muertos en combate, los represaliados en la
retanguardia -represión masiva y sangrienta en muchos momentos de la guerra- y
los ejecutados por los vencedores tras la guerra.
Al finalizar la guerra, se abrió otra hérida: la de los
exiliados (unos 300.000), obligados a abandonar el país, y que se amontonaron
en los campos de refugiados de las costa francesa o huyeron a México o
Argentina, muchos de los cuales ya no regresarían.
Esta emigración constituye un serio impacto en nuestra
demografía, un impacto tanto más sensible por cuanto desde un punto de vista
laboral se compone de personas jóvenes, y porque desde un punto de vista
cultural engloba a un importante sector de artistas, escritores, científicos...
Además, tanto por las especiales circunstancias de masificación en las que se
produce, como por la incidencia que la Guerra Mundial tuvo sobre los exiliados,
esta expatriación fue para buena parte de sus componentes especialmente penosa
y duradera.
La guerra dejo una profunda huella en las actividades económicas:
destrucción de las
infraestructuras, de la cabaña ganadera, del parque automovilístico y
ferroviario, de las industrias... La destrucción de los recursos económicos e
infraestructuras trajo en los años cuarenta los "años del hambre". Se
produjo un estancamiento económico durante toda la década, no recuperándose el
nivel de renta de 1935 hasta bien entrados los años cincuenta.
A victoria del bando nacional acarreó el establecimiento en
España de una dictadura militar que se prolongaría durante casi cuarenta años,
con la pérdida de libertades y la persecución de cualquier forma de disidencia.
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